Último esfuerzo
La desesperación lo tomó todo, y
desde allí relataré. La angustia de ese momento podría catalogarla fácilmente
como la más profunda hasta entonces. La sensación de sentir una pesada mano que
apretaba mi cuello, me hacía sentir que la metáfora llegaba al punto de fuga. A
esa certeza de que literatura y realidad se funden, que es imposible abstraerse
de lo que se lee. Que es aún más
imposible abstraerse de lo que se escribe.
Los personajes ya no eran míos y
la trama se había ido, inmisericorde, de mis manos sin poder hacer ya nada más
que dejar el registro de esos eventos en el papel. Empecé a sentirme un simple
cronista, un cronista de guerra, tal vez. ¿Cómo podría saberlo si jamás fui
periodista? ¿Cómo determinar si la sorda sensación se debía a que sólo podía
limitarme a escribir una verdad, sin
poder modificarla? Una verdad de ficción, es cierto, pero una verdad tan
escalofriante como secreta en el marco del universo que yo mismo había
imaginado y descrito pero que ya no me pertenecía.
Y entonces, en el rol —que
imagino debe ser— del periodista, traté de enfocarme en los detalles superfluos
más que nunca. Todo por intentar que aquella desgarradora verdad que se había desvelado
ante mí pudiera ser intuida, adivinada por el lector, como para poder zafarme
del peso de ser el comunicador de ella. Como cuando intentas que ella te deje a
ti, buscando no lastimarla —supongo.
Ya lo ves, me cuesta explicar
ciertas ideas porque yo mismo no he podido vivir, experimentar y aprender de
varias de ellas. Encerrado como estuve los últimos veinte años escribiendo
sobre cosas que nunca pasaron o siglos atrás o siglos delante de éste, mi
amargo presente, me veo con pocas armas para lograr que el relato de esta
experiencia sea sencillo de entender.
Si arranco por el lado del frío,
tal vez. Porque es propicio entrar en clima. Yo podría decir que el frío sumado
a escozores en la punta de los dedos de las manos podrían recrear un gran
panorama de la dificultad con la que letra por letra, palabra por palabra, fui
hilvanando el capítulo final de la novela. El capítulo que no me agradaba, que
no llenaba mis expectativas, que me dejaba vacío, deprimido, anonadado, pero
que debía escribir ante mi juramento de ser leal a la verdad. Comprendí por qué
tanta gente fuma: por el estrés. Yo nunca lo había hecho (y en realidad no
llegué a hacerlo) pero sentí irrefrenables deseos de comprar aunque más no
fuera un cigarro y sentirlo, caliente, consumiéndose entre mis labios.
Comprendí que ayuda a despejar la mente, a mantener activos los sentidos pero
concentrados en otra cosa. Comprendí que es un catalizador del deseo que se
siente en situaciones extremas de tener algo (aunque solo fuera el ritmo en que
se consume el cigarrillo) bajo control propio. Y no hablo de verdades de Perogrullo;
en verdad comprendí, tras la información que aprehendí en esos momentos límite
que entonces me tocaba vivir, la idea “fumar” tuvo verdadero significado en cuanto
a sus motivos.
No fumé, ya lo dije, pero tenía que hacer otra cosa. Me levante no
sin esfuerzo para dirigirme hacia la ventana del estudio. La abrí, esperando
sentir un viento frío penetrar por ella y casi queriendo que con su soplo
desparramara las hojas del manuscrito y se llevara todo aquello para no tener
que terminarlo. Más frío entró, es cierto, pero a pesar de las nubes grises del
cielo no hubo viento que se encarame al marco de la ventana y se lance hacia
mis páginas, sobre el escritorio. Y tuve que volver a mi sitio de escritor, de
cronista, de novio desenamorado, para terminar con eso que para esta altura ya
me parecía una ejecución.
Sin embargo, seguí de largo. Fui a buscar
una taza de café para mitigar el frío, pero volví descuidadamente con un trago.
Necesitaba whiskey, no café. ¿Qué más puedo hacer? Si no tengo quien me prohíba
que lo tome —los doctores no cuentan— desde hace tantos años… Y esa misma copa,
como si de una sesión de psicoanálisis se tratase, me hizo entender que la
soledad que venía alimentando fue la que me empujó a ver ese pálido final. Tan
pálido para una obra que debiera ser la más brillante de mi biblioteca.
Me volví a situar frente a la
máquina para intentar cerrar de la mejor manera y escribir
FIN

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