Pare


Mientras veo que el colectivo al cual le hice la seña de “pare” sigue de largo ignorándome, siento que estoy en casa. En casa porque el no sentirme, el no ser, no es algo ajeno para mí. Todos aquellos que en su momento me dieron (o intentaron dar) su amistad, su cariño, su consuelo, tarde o temprano deciden abandonarme y aclarar que seguir sin ese lastre (yo, por supuesto) es lo mejor para sus vidas, para su porvenir, para el consumo de combustible y para no forzar a su motor.

El colectivo pasa tan cerca del cordón que salpica algunas gotas del agua que recorre, rauda, en la improvisada canaleta del borde de calle. ¿qué aspecto tiene? Obviamente insalubre ¿color? Negruzco ¿Olor? No lo sé, creo que no tiene. ¿De dónde viene? Imposible saberlo. Pero sí es posible saber donde acaban: en mis zapatos y en forma de manchas que quedan enchastradas en la lona que los conforma y dejarán su huella, aunque se sequen, cuando se sequen.

Ruido de motor Diesel acompañado el humo negro es lo último que me queda de aquel transporte-que-no-fue. En la avenida de mi vida —en la avenidita de mi vida— los colectivos me ignoran (y los taxis y los autos) generalmente después de un primer viaje. No las bicis, que sonríen y saludan y siguen su camino (las bicis: no sus conductores). Pero los autos, para el segundo viaje, siguen de largo.

Me lo gané: no he sido un buen pasajero, probablemente. Pero, sobre todo, nunca pude ser un conductor más allá de mis propios pasos. Tomar el volante me ha dado pánico siempre; ni hablar de manipular la palanca de cambios. Prefiero dedicarme a moderar la radio, el volumen, el repertorio de música de fondo, de acompañamiento al viaje. Mi pecado es que no me gusta el reggaetón. Cada vez que alguien habla de ello creo que está siendo irónico.

Será porque para mí el sarcasmo está siempre a flor de piel, de tal manera que hay momentos en que creo que es la única forma de responder posible. Y eso está mal. Y por eso los colectivos no paran cuando se los pido, aunque tenga el pasaje listo, aunque haga la seña de “pare” a tiempo, aunque además de mí mismo haya más personas esperando en la vereda. El Uber me rechaza, aunque deje propinas. La gente se me escapa por mi propio discurso.

Si yo tuviera un auto llevaría a cualquiera que lo desee. Me imagino en uno de esos sedán de motor suave y caja automática, donde solo necesite aprenderme una serie de movimientos específicos, sincronizados y efectivos para llevarme del punto A al punto B. Y llevaría a cualquiera que lo desee, siempre y cuando vaya a donde la serie de movimientos preestablecidos nos dirija. Obviamente no será interesante para cualquiera, ni siquiera para un grupo minúsculo de personas, pero, ¿no es así acaso la vida?

Dejo de imaginármelo por que me empujan desde atrás. Ya se dieron cuenta que a mí los colectivos me ignoran y por eso alguien detrás de mí ha decidido tomar cartas en el asunto y hacer su propia seña de “pare”. No es la línea que espero. O tal vez sí, pero no el ramal. ¿O sí lo es? Imagínese: si con el destino claro ya me ignoran, ¿qué podrá pasar ahora que estoy desconcertado? ¿Debo comunicar esta sensación de desubicación?

No es posible hablar de sentimientos cuando todo lo que sale por mi boca es interpretado como sarcasmo, que es lo mismo que decir vómito. La desorientación emocional, el vacío interno, el determinado sentimiento de autodestrucción; si son expresados oralmente, son considerados bromas, chistes o —en el peor de los casos— insultos. Las emociones reveladas en el pavimento parecen tener trazas reconocibles de la ironía y decepción hacia la humanidad viscerales, así que son ignoradas. No provienen de alguien con una enfermedad o malestar razonable: esas vomitivas frases sentimentales son producto de una resaca. Y, se sabe, hay que ignorar al borracho.

La tarde va cayendo y empieza a hacer frío. Como no podía ser de otra manera, me encuentro solo en la parada de colectivos. Los vehículos que tienen encendidas las luces ahora son muchos más que los que no las tienen encendidas. Sin importar qué fuera: luz alta, de neón o busca-huellas, yo me imagino que ninguno de esos focos me llega a iluminar a mí y eso es lógico, de lo contrario llevaría demasiado esfuerzo ignorarme. Si me iluminasen, supongo que al menos sentiría el calorcito de los focos como un rayo de sol de aquellos que si te dan en la cara te despiertan y animan. Pero no se siente nada, ya es de noche y la luz de la parada tampoco enciende para completar mi cuadro.

Me pregunto como hace aquella gente que llega a conectar con el conductor y logra que el paseo sea tan agradable que te invite a volver a salir mañana, o la semana que viene, o al menos cuando nos volvamos a ver, por azar, en la vía pública. Me pregunto si esa gente conecta realmente o solo fingen que pueden escuchar reggaetón en mutua compañía por no transitar la vida a pie y solos. Me pregunto quién soy yo para intentar ponerme en un pedestal que sirva para racionalizar que el colectivo me ignora porque soy realmente una mierda de persona.

Tengo la solución en mis manos, me la he agenciado hoy mismo. Metafóricamente, por supuesto, ya que el arma con la que me pienso volar la cabeza en realidad está en el bolsillo interno de la campera que llevo puesta y no en mis manos. Y ahí viene el 18 rojito, el que nunca te deja a pata, el que siempre pasa y se detiene a subirte aunque sean las tres de la mañana y te lleva hasta Loma Pytá o hasta, si lo decido, la eternidad de una ventana con los restos de las neuronas que formaron estos pensamientos.

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