Cambios
Y un día decidió cambiar para siempre.
Josefina Ruiz se miraba al espejo, con
ojos grandes y húmedos había comprendido que su situación no podía
mantenerse de esa manera. Suspiró profundamente, intentando, al exhalar,
que todo lo que había sido hasta el momento -poco, nada, pensaba ella-
se terminara de quedar en el pasado.
Abrió la puerta del botiquín y buscó
frenéticamente aquel frasquito que había heredado de su madre, trece
años atrás, cuando aquella había fallecido. Bien, no había fallecido en
sentido literal, ya que se mantenía con Alzheimer en el geriátrico al
otro lado de la ciudad, pero a los efectos prácticos de una relación
madre-hija había dejado de existir.
Josefina desenroscó la tapa, a prueba de
niños, para tener acceso al contenido del frasco. Parecía estar a una
temperatura superior a la del ambiente, y el aroma que la envolvió a
ella y al cuarto de baño no era agradable en sí, pero al menos no era
repugnante.
En ese momento la asaltó otro
pensamiento: debía maquillarse. Volvió a tapar el frasquito, dejándolo
ahora no dentro del botiquín sino al costado del lavabo, recostándose en
la canilla del agua fría.
En los minutos siguientes Josefina entró en piloto automático,
la preocupación más importante que tenía era que el rímel quedara
correcto y dando realce a las pestañas, que la base no se notara
demasiado y que el polvo afinase su mentón, que ella sentía
desproporcionado al resto de su rostro.
Vino luego la planchita a hacer de las
suyas, alisando el cabello castaño de Josefina con algo de ayuda, es
cierto, de la crema para peinar. Hacia las puntas, el artefacto había
logrado un efecto bucle más que considerable y Josefina decidió que ¿por
qué no? era un buen momento para lucir la gargantilla de ocasiones
especiales, incrustada con esas piedras tan caras que le había
obsequiado su primer amor. Además de bella, Josefina se sentía ahora que
irradiaba simbolismo por todos lados.
“Llegué hasta aquí – pensó -, voy a
hacerlo hasta el final.” Y hacia allá fue. Perder treinta minutos más
ante la eternidad que le esperaba eligiendo un buen vestido era más que
aceptable. En verdad ya no quería que la encontraran en babydoll. Quería lucir hermosa con todas las letras.
Los treinta minutos se convirtieron en
dos horas. Frente a otro espejo, el grande de la habitación, esas dos
horas fueron de felicidad pura. Josefina iba y venía modelando con
varios vestidos que tenía guardado de años atrás inclusive. Había
adelgazado bastante en los últimos meses y todo ahora le quedaba
pintado, como la primera vez, como cuando decidió comprarlos.
Finalmente, cuando estuvo conforme, volvió al cuarto de baño, a la compañía del frasquito con rosca a prueba de niños.
Quiso tomarse un minuto más, solamente
porque le encantaba verse así. El teléfono sonó, sacándola del encanto
en el que estaba observándose al espejo del botiquín ese vestido negro
largo pero al cuerpo, el cabello, finalmente semirecojido, las joyas
relucientes y pensando “Te pierdes esto para siempre”.
Tomó el inalámbrico y escuchó por cerca
de dos minutos. Noticias de Arturo, el hijo de puta que la había hecho
sentirse nada, con esas dos infidelidades que ella había descubierto en
el período de dos años, y quien se había ido un mes atrás sin decir nada
y dejándola tirada y en un mar de sufrimiento y lágrimas. Arturo estaba
muerto, se había accidentado con el Audi y ahora ella era libre ¡y
millonaria por derecho propio! Ahora lo pasaba en limpio íntimamente: lo
odiaba.
Dejó caer la bocina y sintió cómo se desvanecía. Pero no era por la noticia. Josefina Ruiz deseó no haberse tragado en un solo shot el contenido del frasquito antes de ir a atender el teléfono.

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